Crónica del ascenso de Gimnasia y Esgrima
Sueño de un bondi a Primera
Gabi Jimenez / 27.10.2025Me despierto en medio de la noche, estoy en el colectivo, en algún lugar del país, no sé bien donde. La ruta se extiende en la oscuridad, me pierdo, necesito de un poeta-guía como tuvo Dante en los nueve círculos del infierno, que bien podría ser el ascenso argentino.
Siento que estoy arriba de este bondi desde siempre, desde que fui a probarme a Gimnasia en séptimo grado. En esa época los colectivos iban hasta San José, Gutiérrez, Luján, Las Heras y lugares así; esos fueron los primeros círculos, después fueron más allá: Alvear, San Juan, La Punta y Río IV; (se me confunden distritos, departamentos, provincias; es un camino difuso y nunca se sabe bien donde estás). Con el tiempo llegaron hasta Venado Tuerto, Cipolletti, San Nicolás, Puerto Madryn y Villa Obrera; un mapa rizomático que también pasó por Lincoln, Arroyo Seco, Río Gallegos, Palpalá, Aconquija, Chubut y Córdoba; Villa Ramallo, Santiago del Estero, Caseros, Tucumán y Alberdi… Puedo contar algo de cada uno de esos lugares, pero basta solo con nombrarlos para que quienes estuvieron ahí sepan perfectamente lo que significa este viaje, que tampoco es este viaje, sino todos.

Ahora toca Vicente López, ahí vamos… ¿o de ahí venimos? La noche, la ruta, por un instante un escalofrío me recorre ante la duda de pensar que todo podría ser un sueño (o una pesadilla). El poeta Macedonio Fernández decía que “no toda es vigilia la de los ojos abiertos”, para afirmar que el límite realidad-ficción es muy fino. Me confundo, no sé si ya jugamos y estamos volviendo o si todavía no llegamos y todavía estamos yendo. Necesito un Virgilio que me guíe en este infierno, pero hay pocos poetas en el barro del ascenso.
Supongo que estamos a mitad de camino, quizás Córdoba, invoco al poeta Vicente Luy que me dice: “Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso”, pero no, no es eso. Invoco a otro cordobés, al último lírico blanquinegro, el Mago Oga me recuerda epopeyas imposibles y la pelota siempre debajo del pie. Recupero la respiración, asoman los primeros rayos de sol y veo la imagen brillante de El Víctor, los pibes de la banda Flow trajeron un cuadro del ídolo de la ciudad para que nos proteja, viaja adelante como una estampita gigante pegada al parabrisas. Tiene pintada una corona amarilla estilo Basquiat, que es también un presagio.

Empiezo a recordar, hubo un partido, una final, una película. El párpado de Mondino, morado a lo Rocky Balboa, el capitán es rústico como un roble y se mantiene de pie ante los golpes. Goles anulados, penales no cobrados y la ley del ex ejecutándose con la frialdad de una guillotina que cae sobre nuestros sueños. 1 a 0. El nudo en la garganta, los ojos empañados de bronca. Un cocacolero se para a mí lado y dice: “tenés que creer, va a pasar, pero tenés que quererlo”, me da un abrazo y sigue como un actor de reparto que tenía que decir esas líneas en ese momento. Amadeo me pregunta: “papá, cuánto falta”. Adicionaron 5, le digo y lo abrazo con el corazón roto. Entre la multitud asoma el Negro Tamula trepado de un tirante y me grita: “¡Dale Gabi, nosotros venimos desde la Liga! ¡Qué nos vamos a quedar acá!”
El alma me vuelve en forma de aliento, somos miles y empujamos cada vez más fuerte. Queda muy poco, estamos en tiempo de descuento, a lo lejos un pelotazo da en la mano de alguien dentro del área, el silbato y los gritos enloquecidos. En ese momento los relámpagos se encienden de fondo en la oscuridad de la noche y como un flash, el tiro de Lencioni sacude la red. Empate, alargue y penales. Así de rápido.

Suena el silbato, Cingolani se toma unos segundos, abre el pie derecho y manda la pelota al fondo del arco. Por un instante explotamos en un puño cerrado y volvemos rápido a nuestros rituales. Lentamente se desata la lluvia a medida que el cinco de ellos se acerca a la pelota. La gente se sube al alambrado, gana unos segundos de suspenso. Todo se tensa, algunos no miran, otros rezan, otros cantan. El cinco toma distancia y comienza la carrera muy recto al punto penal; las manos de Rigamonti se interponen contra el tiro que luego da en el poste y sale. Festejo mesurado del uno y abrazos de todos en la tribuna. Algo está cambiando en el aire, puedo sentirlo en la piel como si la luna asomara detrás de la tormenta. Lencioni lleva la once en la espalda y toda la fe en la mirada, a unos metros Riga habla solo, mira al cielo y espera el remate. El zurdo se perfila bien y sin titubear la cruza de nuevo, bien pegada al palo izquierdo del arquero de ellos, que también va para allá, pero no llega. Nuevamente la red se mueve y las banderas que nos sostienen hacen lo mismo en la popular. Va el segundo de ellos, Riga sigue hablando, el nueve de ellos patea a la derecha y las dos manos del uno vuelan hasta colgarse de esa pelota. Dos a cero. Turno del tercer penal, vamos nosotros ahora. El Naco Recalde, zurdo también, tres pasos de distancia y le da con todo hacia la izquierda. Golazo y abrazo con Riga. Dicen que en la arenga el arquero había dicho “Confíen en mí”, que en un papel había escrito el destino.

Faltan los últimos penales. Se me mezcla todo, la lluvia me conecta con otros momentos, estoy en los viejos camarines bañandome con el agua fría del calefón a leña que se ha apagado, tomo un yerbeado tibio después de un partido de inferiores bajo el eucalipto gigante del club que era nuestro refugio, cargo un cono naranja enorme que el Negro Silva se robaba de Vialidad para que entrenaramos en la novena, subo el bolso de lona blanca con pelotas gastadas a la renault break de Amador Arrieta. Recuerdo las lágrimas del día que decidí no jugar más a la pelota. Los silbidos me traen de nuevo al presente, las rayas amarillas y negras del que está por patear avanzan mientras la lluvia se desata, el pie impacta en el fútbol y el uno vuela nuevamente hacia el mismo costado, no llega, pero la pelota da en el travesaño y se eleva con los gritos de todos, con las lágrimas de Riga que arrodillado señala a su padre en el cielo.
Me abrazo con todos los que encuentro, absolutamente con todos. Primero en la tribuna, luego en la cancha, luego en la calle, luego en la avenida, luego en el colectivo. Acá estamos ahora, Amadeo duerme abrazado a su camiseta blanquinegra, todavía mojada por la lluvia y el llanto. Duerme feliz, vivió algo que va a recordar por siempre, como me pasó a mí con esas primeras vueltas en calle Lencinas. Alguien se despierta en el piso de arriba del colectivo y comienza a cantar, de a poco se van sumando todos en un gesto animal que nos identifica en un mismo aullido. La ruta sigue, ya no estamos en Buenos Aires pero invoco al poeta porteño que suena en mi celular mientras comienzan a entrar los mensajes de familiares y amigos, Minimal dice: “Y que nadie me diga que no entiende lo que estoy diciendo / que nadie me diga que no ve que nos estamos yendo”.
Fotos 1 y 2: Anita Salati | Fotos 2 y 3: Gabi Jimenez
